La Sagrada Familia, el bosque de piedra

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Foto: Mossen Bonet. Sagrada Família, Barcelona DR Alfred Rodríguez 2012

Por Marta Molina para Revista Variopinto (núm. 8) Octubre 2012

Fotos: Alfred Rodríguez / Beto Paredes

Cuando uno se acerca a la obra de Antoni Gaudí y en concreto al Templo de la  Sagrada Familia de Barcelona corre el peligro de contagiarse del virus del gaudinismo.

Dulia Mérida limpia cada día la Cripta en donde está enterrado Gaudí, el Mossèn Bonet, lleva 19 años como Rector del Templo, Narcís Laguarda es un joven arquitecto que forma parte del equipo de Jordi Bonet -que a sus 86 años es director del grupo de arquitectos de la Sagrada Familia-, Jordi Cussó es modelista e investigador de la obra de Gaudí y el señor Desiderio, albañil jubilado. Ellos seis tienen el virus, y son los responsables de que una servidora, vecina del Templo desde que nació, se haya contagiado finalmente de esta fascinación por  la obra del extraordinario arquitecto catalán.

El gaudinismo nos ha llevado a fijarnos en los detalles de la naturaleza buscando su geometría, a descubrir columnas en forma de troncos de árbol, a conocer un genio muy exigente y a preguntarnos cuándo se terminará esta obra si la naturaleza es infinita.

“Ya lo decía Gaudí, este árbol que tengo delante de mi ventana, es mi maestro”. Nos cuenta Jordi Bonet. Su padre, conoció a Gaudí. También decía que “el libro que hay que leer es el libro de la naturaleza, por eso todas sus obras, respiran naturaleza por todos lados”, comenta Jordi Cussó. Él entró a trabajar al Templo de la Sagrada Familia como aprendiz en el taller de modelistas. “Ahora deberíamos llamarlo Basílica desde que en noviembre del 2010 el Papa Benedicto XVI la consagró, pero a los que hemos trabajado aquí tantos años, nos cuesta”. Al cabo de 10 años le nombraron jefe del obrador y desde entonces ha estado trabajando allí hasta su jubilación en 2006.

Durante la Guerra Civil Española (1936-39) quemaron el taller y el estudio de Gaudí, pero como las maquetas no se quemaban -porque son de yeso- las rompieron a golpes. La responsabilidad de Cussó consistió en hacer un trabajo casi de arqueología recuperando las piezas de las maquetas originales –hasta las que estaban enterradas- para luego restaurarlas. Rehicieron piezas, capiteles y columnas, tarea de vital importancia, pues toda la parte interior del Templo está hecha a partir de maquetas. Además, los dibujos originales fueron destruidos. “Son tan especiales las piezas que usaba Gaudí que con los dibujos que hacía no era suficiente, necesitaba modelos de yeso en 3 dimensiones”.

 

Un bosque de piedra

Cussó es la persona adecuada para dar a conocer las raíces literalmente de la arquitectura orgánica de Gaudí. De las personas con las que hablamos es el que padece más gaudinismo de todos. Nos cuenta que el arquitecto estuvo enfermo los primeros años de su vida y pasó muchas horas acompañado de su madre. Con el fin de entretenerlo, le enseñó a observar la naturaleza y esto le despertó un profundo amor y respeto por ella. Cuando se convirtió en arquitecto lo que hizo fue mirarla y usar las formas geométricas de la naturaleza en sus obras. Al final, su salud delicada le hizo ser un gran observador: “mientras los otros jugaban, él miraba”.

Y es que cuando una entra al Templo es realmente como si nos adentráramos a un bosque, de piedra, pero un bosque. Tenemos los troncos de los árboles, las ramas, y arriba, las hojas que cubren toda la parte del techo. Y entre las hojas podemos ver unas luces que de día, son el Sol y por la noche serían las estrellas.

“Es una visión muy agradable porque en el fondo nosotros somos naturaleza y cuando nos encontramos en medio de ella, estas formas nos agradan”, comenta Cussó.

Pero hay interpretaciones que van más allá. Según Mossèn Bonet –capellán en catalán-  el interior del Templo es la visión de Ezequiel 47 que, en resumen dice que en el santuario nace una fuente que se convierte en río y en la orilla nacen árboles que dan frutos cada mes y cuyas hojas son el remedio medicinal para sanar. Los frutos, los pone al exterior, junto con los Santos.

La luz, como en el bosque, nunca es directa y va tamizando poco a poco toda la piel del Templo. “Gaudí también dijo como tenía que ser la luz. Los ventanales de abajo son de vitrales de colores, por lo tanto tiene que ser un sitio bastante oscuro para que la luz tiña de distintos tonos todas las columnas. A medida que subes,  los ventanales son de color banco, pero con texturas, de forma que tienes la sensación de estar en la oscuridad abajo pero en cambio arriba podrás percibir todos los materiales y las detalladas texturas de la cerámica y de la piedra”.

Es Narcís Laguarda quien nos describe con una emoción tremenda lo que vemos en el interior del Templo. Tiene unos treinta y tantos años y lleva 7 como parte de la plantilla de arquitectos que allí trabajan. “Para mi es una suerte, nunca me lo imaginé”. Con Narcís nos trasladamos a otro espacio privilegiado al que sólo tienen acceso los arquitectos y los obreros. Nos ponemos el casco y nos sentamos en la parte superior, la más alta. Desde ahí se ve todo, lo tenemos todo delante. Estamos al otro lado del altar, en las gradas de tribuna superiores, lo que Gaudí proyectó para que alojara un coro de más de mil cantores. Además, es el único punto que  tiene contacto con la fachada exterior.

            “Cuando entras, la luz va tiñendo suelo. Un momento muy mágico es por la tarde. Son las formas hiperboloides que se forman en el techo las que consiguen que la luz no sea directa, son rectas que giran alrededor de un eje vertical y hacen una circunferencia arriba y abajo, de este modo acaba apareciendo una superficie que hace que la luz, literalmente resbale”. Es como un árbol.

La sensación que nos describe Narcís es ahora más visible que nunca, pues desde que quitaron las bastidas –por la visita del Papa Benedicto XVI- se aprecia que la luz hace la función que Gaudí quería: configurar, junto con los vitrales, un espacio sagrado y crear una sensación de recogimiento mágica y divina. “Gaudí era el arquitecto de Dios”, dice Mossèn Bonet.

Las columnas de Gaudí

Cussó ha demostrado, gracias a su pesquisa, cosas tan extraordinarias como que las adelfas – un arbusto muy mediterráneo también conocido como laurel de flor – podrían llevarlo a la columna que Gaudí se inventa. “Seguramente cortó una rama de adelfa y se encontró que había un doble giro: pasaba de un triángulo -que daba como fruto tres hojas- a un hexágono”. Es la columna de doble giro de Gaudí.

Pero la solución definitiva de las naves del Templo se encuentra en otra planta, la abelia. “En el almacén teníamos una pieza original desde hacía tiempo y siempre pensamos que era parte de algo inacabado, pero no sabíamos de qué. Un día en el Templo mismo, vi una planta, la abelia, las hojas de la cual crecen en grupos de tres. Trazando una línea imaginaria por las puntas de las hojas salían unos triángulos y estos triángulos iban girando para que el Sol les tocara a todas las hojas. Vi que se parecía mucho a la estructura del modelo original que teníamos en el taller y llegué a la conclusión que claramente era un estudio del crecimiento de los vegetales”.

Pero hay una infinidad de otras cosas por descubrir, como por ejemplo cómo se le ocurrió aplicar el mismo “doble giro” de la columna gaudiniana para hacer ramificaciones y conseguir que, a medida que sube la columna se vayan multiplicando las aristas hasta llegar un numero infinito formando el polígono que estaría situado en el collarín.

Si nos fijamos en las bases de las columnas exteriores -como buenos portadores del virus del gaudinismo– vemos la parte inferior del tronco de un árbol, una de las formas geométricas  que están en la naturaleza y que usó Gaudí, lo que los arquitectos llaman el paraboloide. Según Narcís, la naturaleza, igual que nuestro propio ADN, gira alrededor de una hélice, “pues los árboles funcionan de la misma manera”. Gaudí se inventa una columna. Así como en el Barroco hicieron la famosa columna Salomónica él se imagina una columna equilibrada por ella misma de forma que la “hace girar por un lado y por el otro” hasta el infinito. Esta forma de hélice se reproduce también  en las escaleras, por ejemplo.

Gaudí decía, en los pensamientos que recogieron sus discípulos, que le extrañaba mucho que estas formas geométricas no las usaran los otros arquitectos “pero yo, como he visto que esto funciona en la naturaleza voy a usarlas en mis obras”.

 

La mirada de Dios es eterna

Nacido en el año 1931 hace casi 19 años que Mossèn Bonet es Rector de la Sagrada Familia. Conversar con él del Templo Expiatorio es un regalo. Su padre conoció y trabajó con Antoni Gaudí. Bonet se dedica también a concebir el simbolismo de los vitrales de la nave central y decidir qué tiene que tener cada uno de ellos. Gaudí dejó algunas indicaciones generales que él va concretando y que materializa el vidriero Joan Vila-Grau.

En el momento de la entrevista, por ejemplo, se encontraba preparando unas notas sobre los mártires de la Revolución Mexicana, los que sufrieron la persecución religiosa entre 1911 y 1937 y que fueron beatificados. “Cuando esté terminado, los mexicanos podrán leer en uno de los vitrales el nombre de Cristóbal Magallanes, por ejemplo”.

Entramos a la casa de Bonet, un lugar privilegiado –la casa del capellán- situado a los pies del Templo. Mientras esperamos,  sobre su mesa guarda un artículo de Josep M. Dalmases Bocabella (1884-1934) publicado en El Correo Catalán el 20 de junio de 1926 titulado “Captant amb Gaudí”-“Pidiendo limosna con Gaudí”-. Relata cómo fueron juntos en busca de financiación para la construcción del Templo cuando estaba en peligro de pararse la obra por falta de recursos y cómo, después de no conseguir dinero suficiente, salían a pedir limosna cada semana para, como mínimo, pagar los jornales de los trabajadores.

“No lo podremos ver terminado”, le decían los posibles financiadores a Gaudí. Y él les respondía: “una generación, dos, tres no son nada para la mirada de Dios, que es eterna. Hay catedrales que se hundieron por haberse hecho demasiado deprisa”. Leemos. Hay otro artículo fotocopiado y trabajado a lápiz sobre la mesa de Bonet. Leemos un pedazo: “El templo que se está levantando es una gran obra de arte, es genial, es única; su autor la ha concebido y la va dando a luz lentamente; es un parto largo, entretenido. ¿Cómo es tan grande la concepción?. Solamente con la ayuda de Dios”. Eso escribió Joan Llimona en el periódico La Veu de Catalunya el 20 de enero de 1906.

Nos queda claro entonces que la pregunta de ¿Cuándo se terminará la Sagrada Familia? no es nada original y vamos a tener que ser pacientes, pero aún así, se la formulamos a Bonet. Se ríe y nos dice que hay tres respuestas, y las tres de Gaudí: “Primera, mi cliente no tiene prisa; segunda, lo acabará San José; y tercera, usted no lo verá todo esto, en el cielo veremos cosas mejores”. De hecho Gaudí sólo vio acabada una torre, la del Nacimiento.

Perdemos de nuevo la originalidad periodística al preguntarle a Narcís lo mismo –a ver si del arquitecto sacamos algo más. “Esto no se sabe, pero sería muy bonito que pudiera estar lista para el centenario de la muerte de Gaudí, en el 2026. Se ha avanzado muchísimo en poco tiempo, hay 8 torres construidas, 4 en cada fachada, la del Nacimiento, la de la Pasión y la de la Gloria. Pero la Sagrada Familia son 18 torres en total. Doce que simbolizan los apóstoles, 4 los evangelistas y luego estarían la torre Central de Jesucristo y la de la Madre de Dios centrada en el ábside. Y esto sólo si hablamos de torres”.

 

Donaciones anónimas. Una, de un mexicano

“¡Esto dura más que la Sagrada Familia!” Desiderio nos recuerda esta expresión tan catalana mientras nos sorprende quejándonos en voz alta de lo envuelta de grúas y andamios que está la construcción por fuera y lo difícil que es fotografiarla. Él es vecino del barrio de la Sagrada Familia de Barcelona “de toda la vida” y además es albañil jubilado. Como tiene el carnet de “Amigos de la Sagrada Familia” entra casi cada día a conversar con los albañiles y a observar el devenir de la construcción. Es él quien nos cuenta que fue un mexicano quien donó una gran cantidad de dinero para que se levantaran dos de las torres antiguas. “Vino un señor, cuando todo esto estaba terrible, después de la Guerra del 36 al 39. Contó que su hija estaba enferma y dijo: yo pagaré una torre y vosotros tenéis que hacer el resto”.

Confirmamos la historia de Desiderio con Mossèn Bonet quién nos cuenta que nunca se revela quien hace las donaciones. “Sólo los que le recibieron saben quién es, pero para el resto queda en el anonimato, y a veces más vale dejarlo así. Luego vendrán mil hipótesis de quien era este hombre y dejaba de ser…”

Bonet recuerda que el proyecto de Gaudí sigue después de un donativo porque Bocabella, quien fue el Fundador de la Asociación de San José encarga la construcción de la iglesia al arquitecto diocesano Francesc Villar. Cuando se acaba la Cripta, dimite, y es entonces cuando alguien hace un gran donativo anónimo -500 mil pesetas de la época-. Por eso se cambia el proyecto: de un campanario, pasará a tener 18. “Pero nunca se sabrá quién fue esta persona”, insiste. “Los donativos son anónimos porque esto es el Templo Expiatorio, y además el Evangelio dice: Cuando hagas un donativo, que la mano derecha no sepa lo que hace la izquierda”.

El arquitecto catalán trabajó en las obras del Templo desde finales de 1883 -cuando tenía 30 años- hasta su muerte, a los 74. Como cuenta Narcís, durante todo este tiempo, Gaudí fue cambiando el proyecto en vida. Por ejemplo, después de recibir la gran donación se plantea hacer un proyecto que mejore la arquitectura más neogótica que le vino dada del proyecto inicial y piensa en la nueva Sagrada Familia de 18 grandes torres. Para subirlas vio la necesidad de convertir en escaleras -de 423 escalones hoy en día- el interior de las torres de la fachada del Nacimiento pensadas originalmente como capillas.

Él mismo cambia varias veces estas escaleras y las irá adaptando según le convenga. “Gaudí construye la Sagrada Familia y la Sagrada Familia lo construye a  él”, dice Bonet. Y no está nada equivocado. Le construye como arquitecto y como persona. Observaba, analizaba y luego sintetizaba para sacar unas conclusiones y ponerlo en práctica. Además parece que fue hilvanando lo que se le ocurre con la obra antigua, otras las va integrando poco a poco y así va manteniendo la continuidad que vemos en la naturaleza, en esta arquitectura orgánica basada en modelos moleculares que hoy está casi de moda pero en el fondo, dice Narcís, “todo viene de aquí”.

 

Gaudí, la persona, el genio

“Mi padre quería esta obra con locura,  y contaba de Gaudí que tenía pasión por Dios, a parte de ser un gran arquitecto, artista y visionario. Era un hombre que con un gran sentido de la responsabilidad, de fer la feina ben feta –hacer el  trabajo bien hecho-, que se dice en catalán, y por lo tanto  de profundizar en las cosas”. Según Mossèn Bonet, nació con los cromosomas adecuados “y desde esta base creció en él todo lo otro, el sentido de la fe, del compromiso y de la iglesia. Luego está lo que nosotros interpretamos desde la Fe, como si fuera una acción de Dios que provoca en Gaudí todo este despertar de genio. Pero él, para ser genio, ¡estudió!. Era un gran estudioso y por eso elaboró un proyecto iconográfico con unas dimensiones que cuando la gente de formación Bíblica viene aquí salen con la boca abierta”.

También decía, según Cussó, que ser original no es hacer cosas extrañas si no que es ir al origen y el origen es la naturaleza. La naturaleza tiene muchos millones de años y eso es lo que él quiso usar para poder hacer sus obras con esta geometría que en la Naturaleza existe desde el inicio del mundo que conocemos. Y es que veía en la naturaleza el milagro de Dios.

“Seguro que era un hombre humilde”. Así lo dice Dulia Mérida. Hoy la acompaña su hija Marisel, que tiene la misma edad que los años que hace que empezó a trabajar en el Templo: seis. Cada día limpia la Cripta en donde está enterrado Gaudí. “Muchísimas personas pasan por aquí a diario y rezan más en frente su tumba que en cualquier otro lado”. Se pasa horas en silencio dentro de este espacio y está eternamente agradecida de poder frecuentarlo cada día gracias a su trabajo. “Además justo me quedé embarazada de Marisel cuando empecé a trabajar aquí. De alguna manera, ella nació aquí”.

Según Narcís, Gaudí demostró tener una actitud de humildad también en frente de la naturaleza. Nos lo comenta cuando conversamos sobre lo que se dice en relación a la altura de la torre central: que no puede superar los 173 metros de montaña de Montjuïc en  Barcelona. La Torre de Jesús , la más alta, no podía ser más alta que la montaña porque “no podía ser más alta que la obra de Dios”, no podía superar una obra hecha por la naturaleza.

Le pedimos a Narcís que se ponga en el papel de un arquitecto de la época a las órdenes de Gaudí y que nos diga cómo se lo imagina: “una persona seria, austera, dedicado al trabajo, muy detallista, con mucha personalidad –y con eso quiero decir que también tenía su temperamento y su carácter- pero sobre todo alguien muy observador, crítico e increíblemente exigente, porque como nos demuestra en sus planos, se lo replanteaba todo mil veces”.

Y además, fue moderno para su época. “Realmente Gaudí llegó a un nivel de trabajo, de complejidad y de geometría tan trabajado que hasta hoy en día es mucho más moderno que mucha arquitectura moderna: desde el punto de vista geométrico y estructural” comenta Narcís que, con orgullo dice que fue una suerte que este genio excepcional hiciera una obra aquí, en nuestro país”.

“Gaudí fue un personaje muy querido, aunque muchos han hecho sus interpretaciones, pero yo lo que digo es que para conocerle bien, hay que ir a las fuentes de la época y leer lo que escribieron aquellos que le conocieron. Por eso tengo todos estos papeles por aquí”, comenta Bonet mientras nos enseña su trabajo de hemeroteca que hemos estado curioseando antes de su llegada.

 

Turismo y fe

Más de 3 millones de personas al año visitan La Sagrada Familia. Es un Templo abierto a todo el mundo y que habla del cosmos, de la naturaleza, de lo divino, de lo sagrado. Gaudí quería que fuera una iglesia viva, porque esto, dice Bonet, “no se hace sólo por el arte si no porque tiene una finalidad puntual: que la gente se llene de Dios y del misterio del Evangelio”.

Mossèn Bonet tiene la preocupación de que, por culpa del turismo se quede en una cosa bella, bonita, admirable como pieza de arte y se olviden de que Gaudí quería que esto fuera un sitio de plegaria.

Los que padecemos de gaudinismo –tal vez si has llegado hasta aquí, ya te contagiaste- vemos en la Sagrada Familia, un bosque de piedra, una iglesia viva y un genio irrepetible, Antoni Gaudí,  quien logró revelar el más grande de los misterios: las raíces comunes de la naturaleza y lo divino, la mezcla de lo antiguo y lo moderno, el uso de los materiales de ahora y los de antes y con todo ello maravillar a gente de todo el mundo, a los de su época y a nosotros. Todo hilvanado de una forma tan orgánica como la naturaleza misma, en su ciclo infinito.

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