El pueblo de la memoria I

maría_pacoj

Él 75, ella 73. Él, viudo, ella, abandonada en la soledad de su hogar por un esposo adicto al alcohol. Don Marcial y María Concepción decidieron juntar sus vidas, convivir como marido y mujer y hacerse compañía hasta el fin de sus días.

Cocina_Maria

Al interior de la cocina, la luz entra de manera sinuosa entre las paredes improvisadas de lámina de zinc entrelazándose con el humo de las brasas. El fuego insiste en tostar los granos de café que reposan impacientes sobre el comal mientras ambos mantienen una cotidiana conversación en maya kaqchikel. Entretanto, él limpia cuidadosamente el cuchillo con un olote -que hace la función de estropajo- para cortar panela y endulzar el atole.

De repente él comenta en español “sabe, fue después del conflicto que llegaron las botellas grandes de refrescos”. En ese momento, empezamos un debate sobre lo que comemos y bebemos y “lo distinto que era antes”. Saboreando frijoles con tomate y huevo ella me mira, con los ojos bien abiertos y pronuncia dos veces la misma palabra en kaqchikel -“kawa, kawa”- mientras con el gesto de sus manos me indica que coma. Embelesada por el olor del café tostado y la intensa ceniza, dejo de hablar y empiezo a saborear el plato.

Ese día, después del desayuno, María Concepción conocería por primera vez el rostro de María Dominga, quien fue esposa de Don Marcial, su compañero de vida desde hace poco menos de un año.

Un álbum de fotos encima de la mesa, al exterior de su humilde casa en el cerro de Pacoj, en San Martín Jilotepeque, en el departamento de Chimaltenango, le rebela la sonrisa de la mujer con quién Don Marcial compartió 51 años y 33 días de su vida.

Sus ojos revelan emoción. Susurra palabras en kaqchikel y su rostro destella admiración, respeto y a la vez sorpresa. Veía por primera vez a la mujer que murió de tristeza al lado de Don Marcial en la casa que ella habita ahora, a los 73 años.

Don Marcial contempla la escena y cuenta la história de su primera esposa. “Salgan porque el ejército está quemando casas y matando a gente. Le dije a mi esposa que saliéramos y ella no quiso porque “no debe nada”, dijo. Se quedó con mis 3 hijos, un patojo de 14 años, un varón de 11 años y una mujercita de 9 años. Quince personas fueron asesinadas ahí en el granero donde usted descansó. Mi finada esposa sobrevivió. Le tocaron 2 disparos. Le colgaba un pellejo del brazo, que le quedó inútil de por vida. Nuestra vecina, que estaba tortilleando, murió con la bola de la masa de maíz fresco en la mano”. Y la memória hizo presente a María Dominga en esta casita del cerro de Pacoj para tocar el corazón de María Concepción, y el mío.

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Una respuesta a “El pueblo de la memoria I

  1. La soledad y eso que tiene el amor que hace difuminar cualquier indicio de ella. La humildad en la que vive esa gente del campo, con lo necesario pero que al final esa es la felicidad. El recuerdo rojo de estruendosos disparos que llenaron de terror su paz. La injusticia de un gobierno infernal que sin etica, sin un plan y sin un ideal atravesó con balas de ignorancia el futuro de familias humildes pero trabajadoras. La tristeza que deja el olvido es eso. Miradas llenas de esperanza.

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