Seguimos ¡Hasta la Madre!

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Hace cinco años que en el zócalo de la ciudad de Cuernavaca, en el Estado de Morelos (México) reposa una ofrenda a los muertos de una guerra atroz e inmunda, la mal llamada “guerra contra las drogas” que ya costó más de 80.000 muertos 20.000 desaparecidos y 120 desplazados. Hace cinco años que los muros de esta misma plaza se llenaron de placas con los nombres de los muertos y desaparecidos. Hace cinco años que el grito de “estamos hasta la madre” resonó en México y empezó a organizarse un movimiento de víctimas que, desde el dolor, pedía justicia y el fin de una guerra que hasta hoy sigue llevándose a padres, madres, hijos, hijas, hermanos y hermanas, destruyendo familias enteras y tratándolas como daños colaterales y cifras sin nombre condenando a sus familiares a vivir muriendo de dolor, un letargo sin fin que convierte su día a día en un anhelo para encontrar a sus desaparecidos o en una esperanza para que se haga justicia por los que fueron asesinados.

La madrugada del 27 de marzo de 2011 mataron a Juan Francisco Sicilia, de 24 años, hijo de María Ortega y Javier Sicilia, poeta y periodista mexicano. Lo asesinaron junto con 6 amigos: Jaime Gabriel Alejos Cadena, Luis Antonio y Julio Cesar Romero Jaime, Álvaro Jaime Aguilar, María del Socorro Estrada Hernández, y Jesús Chávez Vázquez.

La aparición los siete ejecutados en Temixco (Estado de Morelos) la mañana del 28 de marzo de 2011 despertó la indignación de varios grupos de jóvenes (algunos fueron alumnos del poeta Sicilia) en la ciudad de Cuernavaca y de personas cercanas a Juanelo y a sus padres, Javier Sicilia y María Ortega. Ellos fueron los responsables de esta ofrenda que, hasta el día de hoy mantiene viva la memoria de los muertos.

Un mes después, el 5 de mayo de 2011 el poeta Sicilia convocó a una Marcha Nacional por la Paz a la que acudieron miles de personas que caminaron durante 3 días desde Cuernavaca hasta llegar a la Ciudad de México. Esta movilización congregó a víctimas de la guerra contra las drogas de todo el país bajo el grito de “estamos hasta la madre”. Por primera vez en muchos años miles de mexicanos salieron a la calle exigiendo justicia, paz y dignidad. Algunos llegaron solos, con las fotografías de sus familiares impresas en mantas, estandartes, lonas y camisetas. Allí se encontraron con otros que, como ellos, veían esta movilización como una esperanza de justicia.

Así nació el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD) que a día de hoy celebra su quinto aniversario luctuoso. Un movimiento que desde el asesinato de Juanelo en 2011 organizó dos caravanas en México convocando a las víctimas y radiografiando el dolor, una hacia el norte del país (desde la Cuernavaca a Ciudad Juárez) y otra hacia el sur (que llegó hasta la frontera con Guatemala). Dialogaron con las víctimas, con los pueblos indígenas y aprendieron de varias formas organizativas y de lucha que existen en México y hasta llegaron a dialogar con el entonces presidente Felipe Calderón exigiéndole un alto a la guerra y una reparación de daños a las víctimas colocándolo de cara a la nación y obligándole a oír testimonios la historia de las víctimas de su guerra desatada desde 2006. Durante cinco años organizaron actos de resistencia civil, de ocupación de espacios públicos como memoriales y juntos empezaron a poner nombre a los muertos y desaparecidos.

Cinco años después, otro presidente impuesto gobierna México (Enrique Peña Nieto, del PRI-Partido Revolucionario Institucional) y la guerra sigue y el andar del Movimiento, también.

La guerra sostenida e impulsada desde el Poder Ejecutivo, lejos de cesar, ha agravado la situación de los más amplios sectores de la sociedad mexicana: Ejemplo de ello, son los homicidios y agresiones impunes en contra de periodistas en todas las regiones del país; la traición y la criminalización de los pueblos de Michoacán y Guerrero, la criminalización de las autodefensas y las policías comunitarias, la engañosa retórica alrededor de la atención, claridad y rendición de cuentas para reparar el daño que miles de familias reclaman en el camino hacia la aplicación de la Ley General de Víctimas.
Cinco años después, los familiares de las víctimas siguen sembrando justicia y memoria en este México que, herido por la ineptitud y ceguera del actual gobierno, continúa con esta guerra. Sólo con la memoria y la reconquista del espacio público para la ciudadanía lograremos vencer el miedo y la parálisis.

La guerra contra el narcotráfico continua siendo una manifestación de políticas y acuerdos internacionales que sitúan a México como el campo de batalla donde a los mexicanos y centroamericanos les toca pagar una alta cuota de vidas humanas para que las drogas lleguen a su destino, para que el comercio de armas continúe siendo el negocio más fructífero y para que se continúe lavando dinero, aunque sea con la sangre de los muertos.

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